El espectáculo debe continuar


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 Fotografía de Thomas Hoepker.


 La obligación del verdadero artista es dar un paso más allá, fijarse en los detalles y no repetir demasiado los números. En tres ocasiones me satisfizo la función especial para niños. En otras dos, gocé ante público anciano. Una vez reconozco que fui ritual y aburrido. Esta vez la camarera sirve el café con sonrisa labiodental. Pensé: “Podría amarte...”, y ella dijo: “¿Solo o con leche?”. Muevo la cuchara y rostros comunes se revuelven en los espejos frente a la barra, como mutilados en serie. Hundo el azucarillo y un codo frío de mujer se clava y me empuja hacia adelante.

El remolino del café me arrastra a un cero en espiral, al objetivo del fotógrafo, al cañón de la pistola guardada en mi costado. Extrañamente excitado, he vertido gotas de café en mis pantalones estampados. Una vez que el fotógrafo pulse el botón, comenzará el espectáculo.

Profundidad de campo

 El fotoperiodista Mahmoud Abou Zeid, conocido como Shawkan.


Mención de Honor en el Concurso de Microrrelatos de Anmistia Internacional (Madrid).



 A través del ventanuco de la celda de aislamiento, Mahmoud Abou Zeid, el reportero, solo puede ver un trozo de cielo uniforme y una luz dura como la del encuadre desenfocado de su cámara, como las imágenes vagas y difusas de televisión que velan la verdad en su país. Y recuerda, como su madre contaba los astros de las constelaciones, y le decía que cada una de ellos despedía el brillo de una palabra silenciada en el pasado.

Por eso, al llegar la noche, Mahmoud imagina fotografías, mientras lanza piedrecillas al campo para levantar a las luciérnagas, para mezclar con su vuelo infatigable la luz remota de las estrellas.

Nueva Era

Sepan ustedes que el hombre es el mejor amigo del perro, pero que, blanco o negro, el perro siempre es perro.
Pero no, de ninguna manera lo haría. No podría abandonar a un ser próximo, aunque sea con la excusa de unas buenas vacaciones en el mejor de los balnearios. No es civilizado. Y es que nuestra sociedad, aunque, en progreso, no ha superado ciertas barreras morales. Estamos perfectamente organizados: educación, gobierno, sanidad,… Instruimos a nuestros cachorros en la decencia del respeto al prójimo y a las diferentes razas; invertimos tiempo en cultivar su ciudadanía, en el crecimiento y cuidado del desarrollo sostenido, en la protección de los parques y jardines. Configuramos una verdadera sociedad avanzada, y sabemos que antaño el hombre ha sido un lobo para sí mismo. Por eso, por presumir de ser raza superior, los perros infravaloramos a los hombres, y dejamos que caminen perdidos por las autovías, que aparezcan salvajemente atropellados, que se desangren en ruedos improvisados o que sean colgados de los árboles por galgos vengativos desaprensivos.
Tan solo, un problema estructural deriva del almacén de animales de compañía, donde, desde la Nueva Era Canina, nacen, se reproducen, molestan y gritan mucho los humanos.

Revelación

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Entre bambalinas, la Muerte curiosea.

Cuando la bailarina se mueve, hechiza el aire. De sus brazos nacen músicas inefables; de sus piernas, misterios lejanos; fuegos de rebeldía en los giros. El auditorio vanguardista aplaude estupefacto los felices años veinte y grita su nombre: Isadora Duncan.
Al bajar de las tablas, Cotton Club y diadema, Bugatti, charleston y lentejuela. En la herida del deseo, los amantes se turnan entre plumas de mujer fácil y despedidas de artista difícil. Vive de forma urgente como si sus huellas y saltos, mezclados con lunes de alcohol, se disiparan en el olvido. Se tornarán ceniza tras un accidente de automóvil. Su recuerdo tiene el tacto frágil de un calendario y enseña que es menos complicado ser artista que mujer.
La Muerte se contempla bella imitando los pasos de danza de Isadora. Pero se turba al escuchar al mismo tiempo extraños ecos que desconoce.

Los peligros de la frontera

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   MICRORRELATO INCLUIDO EN "ALETREOS" DE ENTC

De la jungla del mundanal ruido huyo y sigo una senda de orígenes primitivos, buscando una esencia ancestral que presiento. Escribo de los moranis, esos aprendices de guerreros masái que, para llegar a serlo permanecen sobreviviendo largo tiempo en lo salvaje. El que avanza por el norte, oculto entre la maleza, parece preparar un ataque felino, y se arrastra sigiloso por la orilla del río. El del sur, deja ver su cerbatana camuflada en el vaivén de los árboles.
Se preparan para un ataque épico, definitivo, ritual. Dos mundos encontrados. Mi pluma está expectante, absorta en la percusión y los gritos guturales lejanos, atrapada en mi pasión por los territorios tribales y vírgenes, fascinada por el silencio en los enredos de la ficción.
Pero la intriga, ahora, se convierte en horror: se ha clavado en mi hombro la humedad aguda de un dardo y huellas mojadas me persiguen por la casa.

Traductor de espumas

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 Tras las miserias y desiertos humanos, a cuatrocientos kilómetros de la costa, he aprendido a mirar, a ver más allá, a sentir a la familia próxima sin importar las distancias; a intuir en mi compañero de embarcación a mí mismo, a traducir las formas de la espuma que llegan salpicando a nuestros rostros. Nos anuncian un frescor de esperanza, o impregnan con sal caliente nuestros labios; nos alivian la agonía de la sed o nos advierten de la fuerza de las olas como muros de alambradas. En la noche brillan destellos hermosos que son testigos de historias de naufragios y oraciones, y que parecen levantarse con la marea, desafiantes, mientras las gaviotas juguetean y parecen reírse de nuestro sueño azul infinito.
La ilusión es una paradoja que contradice la realidad, una simulación de sí misma en la que todos los tripulantes de la barcaza creen.
Rozando las olas de la playa, camino con una única intención al llegar: regresar.